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BLOG Ediciones Catay

Arenga a favor de la calidad

  • 27 jun
  • 5 min de lectura

«El ascenso de los Eones». Edición integral de una triolgía vampírica diseñada por un ingeniero de la lengua.

Fdo.: Fernando Darío González Grueso

Se dice que en toda buena novela debe de haber una evolución de los personajes. ¿Quién ha decidido eso? ¿Ya no existe el criterio de la verosimilitud? Hay cientos de millones de personas, por no decir más, que nunca evolucionan en sus ideas.


Fernando Darío González Grueso
Fernando Darío González Grueso

Hace unos días leí una crítica sobre la literatura actual que sostenía que la mayoría se ha vuelto didáctica, logopédica, por así decir. Desde mi humilde punto de vista, esa es una opinión un tanto desacertada. En mi caso concreto como escritor, solo una persona que lea una sección de mi última novela creerá esas paparruchas, y quizá podría anotar variadas opiniones de personajes y narradores. No obstante, si se lee la obra completa, entenderá que cada personaje tiene ideas propias o ajenas pero agenciadas. Cada instrucción, en su sentido de enseñanza, parecerá ser absoluta a primera vista. Una lectura atenta observará que las opiniones de algunos personajes y narradores se contradicen unas a otras, se contraargumentan, se obvian o se denostan entre ellas.


Se dice que en toda buena novela debe de haber una evolución de los personajes. ¿Quién ha decidido eso? ¿Ya no existe el criterio de la verosimilitud? Hay cientos de millones de personas, por no decir más, que nunca evolucionan en sus ideas, algunas de las cuales lo logran en su madurez para después volver sobre sus pasos en la vejez. Otros cientos, por no decir miles de millones, sí evolucionan, por desgracia, algunos solo tras un evento traumático. Se dice que el ser humano es el único animal que repite el mismo error dos veces: el hipotálamo nos la juega. Por mi parte, hay voces que evolucionan, otras que ya lo han hecho, y unas últimas que no. El juego se mantiene incluso con el lector, al que se le miente descaradamente para descubrir posteriormente lo que ocurre en la realidad de ese mundo de ficción.


Ilustración y cubierta de «El ascenso de los Eones», de Fernando Darío González Grueso (2026).
Ilustración y cubierta de «El ascenso de los Eones», de Fernando Darío González Grueso (2026).

¿Soy yo la excepción? No lo creo. Debo concederle parte de razón al crítico (se dice el pecado, pero no el pecador); mucha de la lectura de ficción que abarrota las estanterías de librerías y cadenas mantiene ese patrón que él menciona. Pero debemos recordar que eso no es literatura de ficción, es moralina ideológica disfrazada de trasuntos humanos, o literatura mediocre con ínfulas de calidad. ¿Y eso qué nos dice? Nada nuevo, que el ser humano es cada vez menos crítico con lo que lee, escucha, ve o disfruta. La música popular murió en 1999, y no seré yo el que lo diga, hay una razón pecuniaria iniciada en EE.UU. de manos de la administración de Bill Clinton. El cine falleció con la huelga de guionistas de 2007-2008, aunque ya venía cavando su propia tumba unos años antes, en los que muchos escritores se estaban mudando de campo y dieron a luz la edad de oro de las series. Antes de que se me echen encima, hay que recordar que EE.UU. tiene la sartén por el mango y que lo que se cocina allí, luego se replica en gran parte del mundo.


¿Y qué decir de la pintura o de la escultura? Eso ya venía ocurriendo varias décadas antes, cuando obras como un montón de ladrillos ganaban premios nacionales, hasta llegar a nuestros tiempos, en los que un plátano pegado con cinta adhesiva a la pared ha alcanzado el valor de más de seis millones de dólares en una subasta. No iba a ser menos la literatura. Mientras música de dos acordes y tres notas con bostezos por canto abarrota estadios y la masa se pelea por un trozo de espacio dentro de los recintos, las salas de conciertos de música polifónica, blues, flamenco, jazz, metal, rock duro y tango, entre otras, sufren para llenar salas de dos mil personas. La masa no disfruta ya de la belleza del arte, lo que hace en su lugar es tomar una foto y subirla para mostrarla a sus amigos y conocidos. “La decadencia está servida”, decía la letra de uno de mis grupos favoritos.

Esta involución, como la llamaría Herbert George Wells, está programada, y los autores han hecho muy bien su trabajo. Predican sus demagogias desde el púlpito del poder y se saben vencedores.

Voy a repetir lo obvio: estamos en una época de glorificación de la estupidez, el mal gusto, los ideales políticos atravesados, e ideologías que buscan separar a la gente, aunque, realmente, todo revierta a lo primero. Esta involución, como la llamaría Herbert George Wells, está programada, y los autores han hecho muy bien su trabajo. Predican sus demagogias desde el púlpito del poder y se saben vencedores. Kissinger dijo que llevaría dos generaciones, ¡qué listo era! Y para ello se han servido y se sirven de desafortunadas pandemias, y sobre todo de las redes sociales y de los medios de incomunicación. ¿Estoy develando al mundo una verdad desconocida? No, de ahí el éxito arrollador de una película como la última de la saga de Torrente, que no hace sino mostrarnos el hastío y cansancio de la gente que aún conserva sus neuronas intactas, pero que no puede enfrentarse a todo un sistema construido en su contra. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), de Miguel de Cervantes Saavedra; y en la ficción científica, Nosotros (1921), de Yevgeny Zamyatin; Metrópolis (1927), de Thea Gabriele von Harbou, que su marido engrandeció en su adaptación al cine; Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley y 1984 (1949) de George Orwell, entre otros, ya nos advirtieron, y nadie les hizo caso. Perdón, error, craso error, alguien sí les hizo caso. Sus ideas se copiaron al pie de la letra para crear el mundo en el que vivimos en la actualidad.


A pesar de casi todo lo dicho, veo algo de esperanza al final del túnel, una luz que yo no disfrutaré en vida, me temo. Espero equivocarme de nuevo. He conocido a algunos escritores fabulosos. En Taiwán, por ejemplo, soy amigo de dos, un escritor realista y un poeta. Tras concluir nuestro período de aprendizaje, cualquiera de nosotros sobrepasa a la inmensa mayoría de los escritores famosos que atiborran los estantes públicos y privados, cada uno en su campo, claro. Y como nosotros, hay una miríada de escritores de gran valor ahí fuera que debe luchar contra la ignominia de la ignorancia supina que abotarga los sentidos de esas masas que a su vez atiborran estadios al son de ritmos básicos repetitivos y letras nacidas de mentes con un ávido deseo por el poderoso caballero don Dinero. En mi caso concreto, mis años son finitos, y prefiero embriagarme de lo mejor, no de lo mundano. Necesitaría diez vidas o más para poder leer todo lo que merece la pena ser leído, por eso prefiero ser selectivo. Pese a que el hipotálamo me traicione y a veces recurra a lo deficiente para olvidar que cogito, ergo sum.

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Fernando Darío González Grueso  es Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid, con especialización en Teoría de la literatura y Literatura comparada. Su trayectoria académica, sin embargo, no se entiende sin la experiencia vital que la acompaña y la tensa.


En 2013 se trasladó a Taiwán, donde ejerce como profesor universitario. Alterna la docencia con la investigación en teoría de los géneros literarios, ficción científica, horror y terror, leyendas urbanas, mitología y supersticiones. Paralelamente desarrolla su faceta de escritor, explorando los límites entre lo académico y lo narrativo, entre la reflexión teórica y la imaginación. Su trabajo, atravesado por la experiencia de la intemperie y el desplazamiento, busca tender puentes entre tradiciones, lenguas y sensibilidades diversas.

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