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Escribir poesía en Taiwán

Prólogo del poemario «Momentos eternos», de Santiago M. Rupérez

 

Estoy escribiendo en esta isla Hermosa, heredera de la milenaria cultura tradicional de China, donde a la poesía se la nombra con el carácter tradicional de 詩 (shi).

 

Santiago M. Rupérez

Taipéi, 22 de enero de 2022


Mi primer libro de poesías se publicó treinta años atrás y aún sigo escribiendo y publicando. ¿Qué es lo que pretendo? ¿El título de poeta? La verdad es que me halagaría mucho que alguien, alguna vez, me llamara «poeta» para satisfacer mi vanidad oculta. Pero, como tan sólo es un nombre más, aún mantengo mi decisión de seguir escribiendo poesía al tiempo que intento mejorar en el esfuerzo. Si alguien me dijera que ando detrás de una quimera o de vanas ilusiones, acepto gustoso sus palabras, pero mucho me temo que terminarán por reafirmarme en mi empeño. ¿Por qué no escribir novela, teatro o cualquier otra cosa? ¿O incluso dejar de escribir? Escuchadme por un momento.


El tiempo no suele pasar en balde. Creo que he avanzado algo en mi conocimiento propio. Cada día me siento más satisfecho con esa siempre nueva energía que me fuerza a seguir escribiendo y que me proporciona una satisfacción inmensa. A veces pienso si estos momentos tan especiales tienen algo que ver con lo que mi venerado maestro de griego clásico, el navarro Jesús Igal, nos intentaba explicar en sus inolvidables clases magistrales: «No os olvidéis nunca que ποιέω (poieo) es el verbo de donde proviene poesía y que en español significa ‘crear, engendrar, dar a luz’». Tras más de cincuenta años de sus sabrosas enseñanzas, creo que estoy empezando a darme cuenta de ese poder sublime encerrado en el acto de crear, la ποίησις (poiesis), es decir, la poesía. ¿No es algo maravilloso que debería practicar todo hombre? Al menos, no sería descabellado reconocer que el hombre nunca estará completo si ha renunciado a su potencial de poeta.

Si unimos el sentir de griegos y chinos, la poesía viene a ser algo así como el templo donde mora y se rinde culto al poder creador de la palabra.

Estoy escribiendo en esta isla Hermosa, heredera de la milenaria cultura tradicional de China, donde a la poesía se la nombra con el carácter tradicional de 詩 (shi). Es un ideograma compuesto de otros dos. La parte de la izquierda es 言(yan), que es la que le otorga la idea o el sentido fundamental al carácter completo. Su significado es ‘palabra, función de hablar, sentido y significado del habla’. El carácter de la derecha que le proporciona el sonido fonético es 寺 (si). Su significado es ‘templo, salón o local público’.


Si unimos el sentir de griegos y chinos, la poesía viene a ser algo así como el templo donde mora y se rinde culto al poder creador de la palabra. El poeta es quien ha descubierto el poder creador de su naturaleza humana y toma posesión de ese templo para vivir en la unidad con todos sus semejantes.


La poesía, como acto de creación de la vida misma del poeta, acaece en un momento del tiempo y en las circunstancias propias en las que él vive. Es algo perteneciente a la efemérides de la vida, pero bajo ningún concepto es algo efímero. La poesía está imbuida de vida, y la vida nunca conoció principio y no conocerá fin, pues simplemente «ES». No os extrañéis si alguien, siguiendo esta línea de pensamiento, afirma con convicción que la vida y el futuro mismo de nuestra sociedad está en manos de los poetas. Si los políticos ponen el grito en el cielo y los libreros os hacen notar que cada vez son menos las personas que compran un libro de poesía y lo leen, tampoco os asustéis. Pensaréis que ya no existen poetas, o que la poesía ha dejado de ser lo que debiera, o bien que la imagen del poeta ya ha dejado de ser atractiva. Los dictados de la moda pueden llegar a ser dictatoriales.

La poesía, como acto de creación de la vida misma del poeta, acaece en un momento del tiempo y en las circunstancias propias en las que él vive.

Es obvio que necesitamos una reflexión para aclarar nuestras ideas en este tema tan vital. A mí me gustaría pensar que la dificultad principal no radica en la imagen pública que puedan tener los poetas o en la aceptación o rechazo de las obras que crean. Todos necesitamos de una imagen para movernos en la sociedad en que vivimos y todos sabemos que nuestros gustos son bien diversos. El poeta puede necesitar de su imagen, pero no es una imagen. Mucho me temo que la poesía perderá el poderoso atractivo de su existencia cuando el poeta, olvidándose de su naturaleza real, rinda culto a su falsa imagen. Lo que el poeta engendre en esas condiciones será cualquier cosa lejana de una creación auténtica.


El poeta, como todo artista, necesita dominar la técnica de su arte para saber dar a luz a esa embelesadora belleza que cautive a cuantos perciban sus poemas. Es posible que en la belleza resida un elemento de valor universal que es reconocible por cualquier hombre, sin importar su origen ni condición. Pero ¿por qué nos atrae la belleza? Es el atractivo del placer y la paz que proporciona su contemplación y fusión con ella. Es posible que la belleza no resida en la obra de arte, sino en la percepción de la misma. De alguna forma, la belleza deberá también residir en uno mismo. Seguro que más de una vez habréis experimentado en lo más íntimo del ser esa vibración armónica y espontánea de placer que nos identifica con todo lo que es bello.


Tanto la ciencia como el arte necesitan de teorías válidas para seguir progresando, pero, desafortunadamente, no soy un teórico. En estas líneas que estoy escribiendo, mi intención es mucho más sencilla: presentaros unos poemas que escribí hace algún tiempo. Algunos de ellos los envié por correo electrónico a un círculo reducido de familiares y amigos junto con unas presentaciones fotográficas. En su día recibieron una benévola acogida. Los encontraréis agrupados en cinco categorías diferentes. Pero no me hago responsable de esta clasificación, pues aún no he llegado a aceptar la utilidad de etiquetas definitorias en el arte.


El título del libro pudiera parecer un tanto pretensioso, pero no es otra mi intención sino la de haceros disfrutar de mis momentos eternos. No os asustéis, soy consciente de lo que digo. Ya sé que la eternidad no existe como un estado, sino como un proceso, y que tampoco existen los momentos estáticos del tiempo. ¿Cómo haceros disfrutar de algo que no existe? Ofrezco mis experiencias, mejor o peor expresadas, las que yo he vivido en el amor de mi vida y que, de alguna forma, participan de la eternidad de su proceso. Mi deseo no es otro sino que os animéis a vivir vuestras propias experiencias en esa unidad absoluta de la vida que a todos y a todo nos une en un abrazo infinito.


Confío en que mi libro no sea un momento que se os haga eterno.

 

Santiago M. Rupérez (Haro, La Rioja, 1942) ha vivido en Taiwán (República de China) durante más de cincuenta años y es un gran conocedor del idioma y la cultura china.

Inspirado y enamorado de Taiwán y sus gentes, este es su sexto poemario. El primero con Ediciones Catay, «Cantares en Taiwán», ya reflejaba una profunda identificación del autor con la vida y el sentir de los taiwaneses. Aquí, Santiago confirma una vez más su especial sensibilidad ante el mundo que le rodea.

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